Recuerdos que nunca mueren

Bajo una inmensa luna, en lo más bajo del acantilado recuerdo las aguas frías, las corrientes bajo mis pies, mi pelo flotando en el agua salada, en un agua del color de la noche, donde todas las estrellas del firmamento se reflejaban en cada una de las gotas que bañaban mi piel desnuda.

Me sumerjo varias veces tratando de no perderme ni un solo instante del momento, y mientras el agua purifica cada uno de los poros de mi piel, siento como mi interior disfruta de la sensación, la sensación de que todo lo que no debe estar en mi es arrastrado a otro lugar, todas esas energías y sensaciones serán transformadas y ubicadas en el lugar que les corresponda pero ya no en mi cuerpo, ya no en mi mente, ya no en mi, solo mi esencia más profunda saldrá intacta de este lugar.

Siento tu presencia aunque no estés a mi lado, se que compartimos el mismo agua el mismo rito, el mismo momento, se que estas en mi, se que estoy en ti. Te siento mucho más de lo que puedo sentir al resto de las personas, te escucho pensar, me calma tu respiración, te conozco en el más amplio sentido de la palabra y de una forma que supera todas aquellas que pueda recordar en mi vida.

El aire frío de la noche me retorna al lugar, me hace percibir con cada uno de mis sentidos la inmensidad del templo, las energías que allí confluyen y el brillo en la zona alta de una inmensa hoguera me indica el camino a seguir. Mis pies descalzos sobre la piedra húmeda del acantilado se siguen uno al otro y mi ser no se cuestiona absolutamente nada, no es necesario, no existen barreras, ni bloqueos, ni ataduras, simplemente logramos "ser" en ese lugar.

Los olores son tan familiares que hacen que mi piel se erice con solo pensarlo, traen a mi mente millones de pequeños pensamientos que construyen los recuerdos de aquellos momentos vividos.
El olor de la hoguera, el beleño, el olor a la tierra húmeda en esta madrugada plagada de magia.

El tacto de las pieles sobre mi cuerpo, de las espirales rojas dibujadas sobre mis piernas, y la mirada de aquella mujer que trataba de transmitirme tanto sin abrir ni una sola vez la boca. Mientras al fondo comienzan unos cantos descoordinados pero a la vez muy hermosos acompañados del sonido de unos tambores huecos, golpes sordos que aun retumban en mi mente, mientras el efecto del beleño comienza a abrir mi mente preparándome para un momento único e irrepetible.

Un rito sagrado, una unión que no se puede esquivar y que siempre retorna a nosotros de una forma o de otra, en un cuerpo o en otro pero siempre cíclica siempre nos recuerda de donde venimos, donde empezó todo y sobre todo nos recuerda el techo que siempre tenemos que conservar y mantener en pie.

Llega la calma, todo termina y nos llenamos de promesas que cumpliremos por siempre, aunque pasen 5000 años, aunque pasen 500 vidas, siempre seguirán en pie.
Y mi mente se llena de preguntas, de preguntas y agradecimientos por los momentos vividos por los recuerdos que me invaden cada vez que mi mente me permite volar del aquí, del ahora.

Mnajdra, dar qodma u amate!

Paloma García Díaz

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