Leyenda Celta ( La leyenda del señor Nann)

El señor Nann quiso obsequiar a su esposa con carne de corzo, puesto que ésta había dado a luz dos gemelos blancos como la nieve, un niño y una niña.

Para ello se internó en el bosque, buscando dar caza al preciado animal. Cuando encontró un ejemplar comenzó a perseguirlo durante todo un día sin poder darle alcance.

Al llegar la noche, el hombre cansado se detuvo junto a un arroyo. En las cercanías se encontraba la gruta de una Korrigan, pero el señor Nann no lo sabía y descendió a beber. La Korrigan estaba sentada junto al curso de agua, alisando sus largos cabellos rubios con un peine de oro.

Al ver al hombre le dijo:

¿Cómo te atreves a venir a enturbiar mi agua? Ahora, o te casas conmigo al instante o durante siete años te consumirás de tristeza o morirás dentro de tres días.

El señor Nann le respondió : "No me casaré contigo, ni me moriré en tres días ni me consumiré en la tristeza, pero lo que si tengo claro es que prefiero la muerte antes de casarme con una Korrigan".

Y partió, no de regreso a su hogar sino a casa de su madre, a la cual le contó todo lo que había ocurrido y también le dijo que comenzaba a sentirse muy enfermo.

Hizo a su madre prometer que jamás le contaría a su esposa lo ocurrido.

Tres días después el hombre murió, su esposa preguntaba constantemente a su suegra la cual le respondía siempre lo mismo, "tu marido se encuentra en un viaje a la ciudad".

Para ir a la iglesia, la mujer del señor Nann debía atravesar un cementerio, y allí vio la tumba de su marido, corrió a preguntarle a su suegra "¿Quién ha muerto de nuestra familia?, he visto el terreno removido".

La mujer ya no podía más y le confesó a la muchacha que su marido había fallecido y se encontraba enterrado bajo ese terreno.

La joven se derrumbó en el suelo y nunca más se levantó, la enterraron junto a su marido, y cuenta la leyendo que dos robles nacieron sobre el terreno, dos palomas blancas aparecieron en las ramas y durante horas se prodigaron arrullos al esconderse el sol volaron juntas hacia el horizonte.

Paloma García Díaz

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