Cantar de Ayalga

Balancea el viento mi pelo, de un lado a otro,
no pienso en nada más, mi mente en blanco
me regala un momento de paz y lucidez,
ajena a las situaciones que me atormentan.

El bosque me regala los susurros de los árboles.
Cuentan que un día vieron una sonrisa en la cara de una Ayalga
y que una xana llevó por todo el norte ,
la curiosa noticia, sorprendiendo a todo el mundo.

El tejo centenario, me observa desde el llano,
me judga con su mirada, aunque como padre protector
se que cuidará de mi hasta que no sea necesario.
Sabios árboles me rodean, su calor me arropa.


Algunas aldeanas pasan charlando hacia el río,
donde las aguas cristalinas forman una obra de arte
al juntarse con los salmones que a contracorriente saltan
y a la suave melodía de las aguas siguiendo su rumbo


Un conejo, pasa ante mi, no se para ni me mira,
corre buscando otro lugar donde refugiarse.
El aire frío comienza a estremecer mi piel y
los pequeños animales comienzan a resguardarse.


Un pequeño copo de nieve cae sobre mi mano.
Se deshace lentamente, mientras poco a poco,
el paisaje se tiñe de blanco y el aire húmedo y frío
recuerda a mi cuerpo que aun está vivo.


Mis pies al contacto con la hierba también me recuerdan
que es la hora de volver, de volver a mi cueva.
Esperando que mi carcelero no se haya dado cuenta,
y la soledad y la tristeza una noche más vuelva para hacerme compañía.

Paloma García Díaz

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