La Serena y Los Espumeros.

A lo largo de este blog, os he ido hablando de los diferentes dioses del Panteón céltico, como eran y como trataban a los seres mortales. Incluso si estos dioses tienen alguna conexión con nuestros mitos, puesto que el mito nace de una religión y gracias a esto se forjan las leyendas.

Diremos que, el elenco de divinidades célticas que, más a mano tenemos es la información que quedó en tierras irlandesas, por un lado, es lógico, las islas son más difíciles de invadir, culturalmente hablando, por ello, Asturias, ha perdido casi todos los nombres de sus dioses, quedando alguna toponimia en poblaciones que, poco a poco fueron perdiendo, en el velo de los siglos,  el sentido de estos.

Las causas de este olvido son de índole diversas, unos dicen que ha sido causado por las diferentes mezclas acaecidas a lo largo de las invasiones romanas, que vieron en Asturias la riqueza de su oro y plata, amén de diversos minerales para su explotación, también normandos o vikingos, los cuales amenazaron todo el norte de aquella Hispania, llegando a guerrear, incluso en el sur de España, dejando feudos como Cudillero y sus pixuetos, no podemos olvidar a los árabes que dejaron su riqueza cultural pero también usaron la Hispania a su antojo, igualmente los fenicios, comerciantes e instigadores de creencias en otros dioses, mucho antes de ser conocidos como judíos, las tropas visigodas también lo forjaron bien, entre sus costumbres, estaba la de quitarle los ojos, la lengua y las dos manos al caudillo celta enemigo, haciendo así que, uno no sirviera para nada en la lucha, y dos, ser una carga para su aldea.

Otros dicen que, el olvido de aquellos dioses, fue por la imposición de religiones como la cristiana, la católica, la musulmana, etc. Da igual el como, la realidad es que hemos perdido sus nombres y solo recordamos alguno como Lug, Taranis, Vindius, Belenes, Aramo, etc., en la toponimia de algunas poblaciones de Asturias como Lugones, Lugo de Llanera, Taranes, etc.

Más como el mito de la sirena y los espumeros va de la mar, mencionare a Mananman,  El señor Llyr se relaciona siempre con el océano. También se le llamó Lleadiaïth, o “el media lengua” quizás por la dificultad para interpretar el lenguaje del mar y de sus olas. Así, Shakespeare lo convirtió en el rey Lear.

La esposa de este personaje fue Irlanda, quien con el nombre de Iwerydd, tuvo dos hijos, Bran o Bron, y Mananman o Manawyddan, el hijo del mar o, si se entiende mejor, “el marinero”.
Ambos son, a veces, dioses, y otras sencillos héroes. Mananman era el dios protector de los comerciantes que cruzaban los mares para establecer rutas comerciales. Era un buen observador del cielo y la atmósfera y a veces se le consideraba también druida. Debido a su habilidad marinera llegó hasta la Isla de los bienaventurados, de la que fue nombrado rey. Entre sus posesiones están un caldero de inagotable alimento así como un importante número de vacas que dan leche sin parar.

En el país de Gales, sus rasgos fueron humanizados, y su nombre, quedó identificado con la isla  de Man, como un lugar intermedio entre Irlanda y Gran Bretaña. Fue considerado su rey y allí aún se admira su tumba.  Entre algunas de sus representaciones aparece con un casco flamígero, un escudo invencible y un manto que le hace invisible. Su espada, igualmente que otros dioses, no falla jamás y su nave, sin remos ni timón, se desplaza sola  hacia donde  sea,  calmando las tormentas a su paso.

Cabe recordar que, en alguna leyenda, este dios, con el nombre de Barrind “cabeza alta”, será el piloto misterioso que conduzca al rey Arturo, hasta la isla de Avalon, tras este nombre parece ocultarse este Dios- Héroe. A causa de  un proceso de cristianización los monjes celtas lo convirtieron en San Barri, hoy patrón de los pescadores irlandeses.

Pues con el permiso de Mananman, hablaremos de las criaturas míticas que pueblan el océano astur, empezaría por el espumeru, criatura que no deja mucho juego a la leyenda, siendo un mito curioso.
Este ser es una especie de pequeño duende, que vive en las cuevas que hay a las orillas de la mar.
Suele ir vestido con algas, caracolas y otros objetos que encuentra por la playa.
Más su pasatiempo favorito es deslizarse sobre las olas o detrás de la estela que dejan los barcos en el agua.

El espumeru, a veces, cuando el tiempo es malo y la niebla esta baja en la costa, hace sonar una caracola para alertar a quien este pescando. De esta forma, avisarles que se acerca una tempestad y que es peligroso acercarse a los arrecifes. Ayudando siempre a los pescadores y a los marinos.




Más el gran mito, un mito planetario seria el de la serena o sirena, este es un ser de gran belleza que vive en la mar, saliendo a descansar en las rocas de las costas, es solo su parte superior, mitad mujer, y en su parte inferior tiene una hermosa cola de pez, cubierta con brillantes escamas, que dicen quienes la vieron que, se pueden ver sus reflejos en los días de sol desde la misma orilla.
Aunque se habla que pueden transformarse en toda una mujer pero teniendo que volver al agua cada poco.

Acompañan a los barcos cuidando de que no encallen y, cuando hace buen tiempo en el mar, suelen cantar canciones preciosas que embelesan a los marinos. Están emparentadas con las xanas y encantadas a nivel funcional y simbólico, hasta tal punto que, muchas veces es difícil comprender unas y otras, en el análisis de los relatos orales. Pues, las sirenas o serenas pueden ser de agua salada o de agua dulce, es decir, aunque se consideran que son esencialmente seres marinos también se encuentran a veces en los lagos, en los pozos y en los ríos. Sin embargo, su carácter moral suele ser considerado negativo y perverso y se las asocia comúnmente con la seducción de jóvenes marinos a los que atraen con sus cantos a las costas peligrosas para que naufraguen y mueran en ellas.

Por otra parte, y aunque su imagen más extendida es la de mujer con cola de pez, en las representaciones más antiguas también aparecen con cuerpos y extremidades inferiores de ave, tal vez mezcladas con las lamias griegas. Así se muestran en varios testimonios literarios y en numerosos vasos cerámicos, esculturas y representaciones helenas donde aparecen como seres demoníacos, con cuerpo y patas de pájaro y cabeza humana que a veces podía ser de mujer con largos cabellos y otras veces de hombre con barba.

Habría que esperar a los inicios de la Edad Media para que, a partir de los siglos VIII y IX, la iconografía de las sirenas comenzase a mostrar colas de pez o de serpiente. Normalmente se las representa bien tañendo diversos instrumentos musicales o bien peinando sus cabellos y portando un espejo con el que vigilan permanentemente su aspecto. Ejemplos de este tipo de representaciones pueden verse en un capitel del siglo XII de la iglesia de Villanueva, en Teverga, o en la sillería del coro de la Catedral de Oviedo, de finales del siglo XV.

Las crónicas y libros medievales de toda Europa, están llenos de historias de sirenas, hasta tal punto que su existencia, llegó a admitirse con total naturalidad en el Occidente cristiano medieval y, aún en la Asturias preindustrial, cuyo origen se sitúa en una maldición materna, como atestigua una conocida copla popular

La serena de la mar
Es una moza gallarda,
Que por una maldición
La tiene Dios en el agua.
Esta copla nace de una leyenda sucedida en Cudillero, allí, hace siglos, existía una bella rapaza de nombre Serena, era una moza inquieta y se la veía jugar al borde de los peñascos, donde la mar rompía, también buscaba moluscos y mariscos para su propio provecho.
Su madre siempre andaba preocupada por ella, pues nunca atendía a razones y tampoco la escuchaba.



Un buen día que la madre iba hacia su casa, la vio sobre una gran roca, al borde de la mar, y le dijo: “¡Serena, Serena, baja de ahí que vas caer!”, la muchacha siguió como si no la escuchara, de repente y para asustarla le dijo como una maldición: “¡Mal rayu te parta, así te conviertes en pez, hasta que un buen mozu te de un besu y te vuelvas rapaza!”
Al instante ocurrió, las piernas de la chica se fueron cubriendo de escamas y enseguida se convirtieron en una gran cola de pez. Pero lejos de llorar, la muchacha, se tiro a la mar y cantando de alegría, se sumergió y nunca más se la volvió a ver. Dicen, los marineros pixuetos que la escuchan cantar y que su intención, no es en absoluto desviarles de la ruta para que naufraguen contra los arrecifes, sino alegrarles las noches de calma y encontrar algún valiente marino que la bese.

Y es que hay tantas leyendas, tantos mitos en esta Asturies que, siempre acabamos embelesados, escuchando al bardo cantar, canciones ancianas tocadas por aquellas arcaicas gaitas prohibidas.

Paloma García Díaz

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