LEYENDA ASTURIANA, El hijo del Conde

En la colina de Lluera, hay una torre desde la que se ve claramente a través de sus ventanales, la ermita de la virgen y la fuente. Allí vivieron unos condes a los que la virgen bendijo otorgándoles un hijo que llevaban esperando desde hacía mucho tiempo. Cada año, regresaban desde tierras lejanas para celebrar “la luz de mayo” en agradecimiento a la virgen y disfrutaban el verano en tierras asturianas.

Alrededor del caserón entre las laderas del monte, algunos caseríos pequeños de estilo feudal, albergaban a los siervos que cuidaban de la hacienda de los condes. En uno de ellos vivía un matrimonio cuya hija jugaba con frecuencia  en la colina y dejaba a los pies de Nuestra señora de Lluera una guirnalda de flores que ella misma había tejido en los días del mes de mayo mientras cuidaba de las ovejas.

Un día mientras bebía en la fuente se percató de que un joven la observaba, era el hijo de los condes, ambos se miraron y se enamoraron perdidamente. Cada tarde la fuente fue el lugar de encuentro de ambos jóvenes, los cuales sin saberlo eran observados por la condesa desde la torre.

La condesa preocupada por su linaje decidió esperar a finales de agosto para poder irse sin infundir sospechas y terminar con el idilio de los jóvenes.

Aquel año nadie supo que los condes se habían marchado mucho antes de lo habitual, los dos enamorados aprovecharon los últimos instantes para jurarse amor eterno, al lado de la ermita se regalaron mil besos y promesas casándose ante Dios y ante los muros testigos de la escena. El chico cogió las medallas que llevaba al cuello y se las dio a la joven en forma de arras.

El siguiente mayo, los condes no aparecieron, ni tampoco en junio. Un buen día la pastora desapareció del caserío y nadie supo más de ella por más que la buscaron.

Dice la leyenda que al saber que estaba embarazada y no recibir noticias del hijo del conde, se marchó, anduvo y anduvo, muerta de agotamiento se alojó en la casa de una buena mujer, en donde murió al poco tiempo, pero antes de morir colgó la medalla al cuello del pequeño.

El niño creció sano y fuerte, ayudando a la buena mujer en todas las tareas.

Al final del verano los condes regresaron para cumplir su promesa, el muchacho no localizó por ningún lado a la pastora, nadie sabía nada.

Pasaron los años y una mañana por el camino de la ermita subía un aldeano, cumpliendo una promesa hecha por su madre antes de morir. Rendido de cansancio y de sed paró en la fuente, de fondo podía escuchar la música de las gaitas y de la fiesta. Al agacharse para beber la medalla se calló en la fuente, y unas manos temblorosas la recogieron.

En un segundo el muchacho fue abrazado por un hombre que al oido le dijo, ¡hijo mio! Aquellas palabras le recorrieron el cuerpo y no necesitó más para entenderlo, abrazó a su padre durante un largo momento.

Dias después sus papeles estaban arreglados. A partir de aquel día el joven peregrino fue el heredero de todo aquel Condado de Lluera.
“Hay una fuente en La Luz
Que nace al pie de un Carbayo,
Quien bebe en “La Luz de agosto”
Se casará en “la de mayo”

Paloma García Díaz

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