EL PASO DE LA GÜESTIA

Cuenta la leyenda que una mañana, Pepín salió de su casa muy temprano para hacer el recorrido que realizaba todos los días con sus ovejas, llegar al prao que tiene junto a la finca de un amigo, controlar a las ovejas y mantener contento a Ron su perro, son sus obligaciones del día de hoy.

La tranquilidad se respira en el ambiente, el cielo azul y una brisa que consigue dispersar el calor, hace que la mañana pase rápido y tranquila, tumbado sobre la hierba admira las pequeñas nubes pasar sin más preocupaciones consigue poner la mente en blanco.

A la llegada del anochecer, Pepin decide regresar a casa, cuando a lo lejos comienza a escuchar el sonido de campanillas, y el cántico de algo parecido a salmos pero que no fue capaz de describir ni comprender. Una procesión de personajes oscuros y apagados, que portaban huesos en lugar de antorchas se acercaba hacia el lugar donde Pepín se encontraba, su perro corrió de vuelta a casa y las ovejas se encontraban muy nerviosas.

Logró reconocer entre las personas que se le acercaban a su amigo, se encontraba entre la comitiva, y recordó las palabras de su abuelo, "si algún día te cruzas con La Güestia, traza un círculo en el suelo y métete en el centro, si no lo haces tus días estarán contados".

Con la punta del zapato lo más rápido que pudo, trazó un círculo en la hierba, levantando la misma hasta que el color de la tierra fue dando forma a su salvación. Se colocó dentro de un salto, esperó, la procesión avanzaba despacio muy despacio, continuaban los sonidos de las campanillas, y los únicos ojos que le miraban eran los de su amigo, unos ojos tristes y sin vida.

Al estar a unos pasos de Pepín, le dijo, "dile a mi mujer que la quiero", y continuó hacia delante sin mirar de nuevo atrás.

Pepín salió del círculo y corrió a casa lo más rápido que pudo, la luz de la casa de su amigo estaba encendida y en la puerta la mujer del mismo gritaba desconsolada al escuchar que su marido había fallecido de camino al campo esa misma mañana.

Pepín miró a todos lados, asustado e intranquilo, no solo había perdido a su amigo, sino que había visto y muy de cerca los ojos de la muerte.


Paloma García Díaz

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